jueves, 10 de noviembre de 2011

Píntame  un  árbol 

y  te  escribiré  la  montaña.
Pintura de Elena Camacho.

sábado, 12 de marzo de 2011

LA INTRUSA
El coche no está. Juraría que lo aparqué en la esquina de siempre, pero ahí no se encuentra. Qué raro. Tal vez me falle la memoria y lo dejé en otro sitio. Recorro la zona en su busca e intentando recordar la última vez que lo cogí. Fue el viernes pasado, si no me equivoco, cuando fui a visitar a Benito para concretar los detalles de la presentación del libro. Acto al que debo acudir de inmediato, al que en breve van a estar esperándome.
La mala suerte no entraba hoy en mis planes. La inquietud la arrastro desde hace días, desde que supe que tenía que enfrentarme a un público expectante para defender la novela. Pero el pensar que me han robado el coche, exaspera ya mis nervios.
No tengo tiempo de acudir a la policía para denunciar la sustracción y me debato entre llamar a un taxi o regresar a casa para tirarme de cabeza desde mi ventana.
Pero el destino, de momento, no prevé mi suicidio. Localizo el vehículo al fin, en el callejón de abajo, con su carcasa corroída por años de pernocta a la intemperie (bastante tengo con procurar techo a mis huesos).
Por lo visto, la fatiga de estos días ha borrado algún episodio en mi cerebro, ya que por el callejón no recuerdo haber pasado. Entro en el coche intrigada por estas circunstancias extrañas, pero con el firme objetivo de dar la cara ante la audiencia y enfrentarme a los fantasmas. No hay otro modo de vencer el miedo.
Además Benito me ha dicho que se guarda un as en la manga para que la noche sea un éxito, un secreto que me desvelará a su debido tiempo.
Un olor a rancio invade mi pituitaria, que ya no es lo que era desde que padezco sinusitis. Percibo aroma de tabaco añejo, aunque tampoco recuerdo haber fumado dentro del coche en mucho tiempo.
Inicio la marcha con la esperanza de no toparme con atascos y rezando por pillar la sincronización de los semáforos. Los dioses me escuchan y me ofrecen pista libre. Apenas hay tráfico en la calle Aragón y manteniéndome a cincuenta por hora, engancho las luces en verde. Miro por el retrovisor interior y lo que veo me hace pegar tal frenazo que casi me estampo en un árbol.
Hay una mujer recostada en el asiento de atrás. Su cuerpo abulta el doble que el mío. Su ropa está sucia, el pelo mugriento, los ojos son negros.

-       ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? – pregunto desesperada.
-       Sobrevivo.
-       ¿Cómo ha entrado?
-       Es fácil abrir la puerta con un simple gancho.
-       ¡Baje ahora mismo! ¡Márchese!
-       No voy a bajar.
-       ¿Qué quiere de mí?
-       Quiero quedarme. Estaba durmiendo y me has despertado con el derrape.
-       ¡Es mi coche!
-       Estaba vacío y tú lo usas poco.
-       ¿Y usted qué sabe?
-       Llevo aquí cuatro días.
-       ¿Cuatro días en mi coche?
-       Entrando y saliendo.
-       Por favor, ¿qué quiere? No tengo dinero.
-       Sólo pretendo resguardo. Hace frío este invierno.
-       ¿No querrá matarme?
-       No soy asesina.
-       Tengo prisa. Váyase.
-       La gente siempre con prisas.
-       Se ha metido en mi coche, no se meta también en mi vida. Se lo ruego, tengo cosas que hacer.
-       Pues hazlas. Yo no te molestaré.
-       ¿Pero cómo? ¡Ha invadido mi espacio y no le conozco!
-       Soy ciudadana del mundo, nómada y buena persona. ¿Te importa que fume?

La mujer enciende una pipa y se pone a fumar a lo Sherlock Holmes. El humo penetra en mi nariz, en mis ojos y en mi boca y constato que ese tabaco es muy raro. Respiro hondo y ahora me invade la tos.

-       Fumo hierba. – me informa la tipa.
-       Extraño aroma el de esta marihuana. – replico.
-       No, no. Me refiero a que fumo la hierba que encuentro en los parques.
-       ¿Cómo?
-       Recojo césped seco y me lo fumo. Si se lo comen las vacas, lo podré fumar yo, ¿no crees? Lo que no mata engorda. Desde que regresé a Barcelona, hago cosas que antes no hacía y viceversa. Soy nómada y vivo de incógnito.

Amenazo a la señora con llamar a las autoridades para que se largue, pero cuando cojo el móvil y simulo que marco, me llama Benito. Exige mi presencia, la gente pregunta por mí, el acto debe empezar. Le digo que he tenido un percance, pero que voy para allá, que llego enseguida.

-       ¿Has quedado con el tal Benito?
-       Sí.
-       ¿No le has comentado nada acerca de mí?
-       No es momento de surrealismos. Debo concentrarme en cosas más serias.
-       ¿En hacer el amor? ¿Él es tu novio?
-       No. No es mi novio.

No me queda otra que reanudar la marcha, a pesar de la intrusa, si quiero que la noche se desarrolle como estaba previsto, si quiero promocionar mi obra y no dejar en la estacada a quienes me han confiado su tiempo, su esfuerzo y parte de su bolsillo. Cunde el pánico en mi estómago y me tiemblan las piernas.

-        ¿Quieres que conduzca yo? Soy hábil. – propone la intrusa.
-        ¿Está usted loca?
-        Un poco, pero soy inofensiva.
-        Por última vez, váyase.
-        Déjame ir contigo.

Procuro dominar la ira, retener la náusea, no desmayarme. El asedio es permanente, la okupa no se va ni con vinagre. Me puede. Debo asumirlo y decido ignorar los hechos. Arranco el vehículo y me dirijo hacia mi destino ansiando encontrar aparcamiento lo antes posible.

-       ¿Por qué tantos nervios? ¿Quién es Benito?
-       Mi editor.
-       ¿Tu editor?
-       Sí, es mi editor y en este preciso instante me están esperando para la presentación de mi novela.
-       ¿Tu novela?
-       Sí, mi novela. Tengo que dar un discurso y exponer las maravillas de mis personajes y su historia. Y todo eso con un micrófono delante y cincuenta pares de orejas.
-       ¿De qué va tu libro?
-       Ése es el problema. Que no sé contarlo. Estoy bloqueada. No sé cómo explicar mi libro. No lo escribí para eso.
-       ¿Cómo se titula?
-       Golinda.
-       ¿Golinda?
-       Sí.
-       ¿Qué significa?
-       Es un nombre de mujer.
-       ¿Y quién es?
-       Una intrusa como usted. Un personaje que apareció de repente y cobró vida en las páginas de la pobre narradora. La narradora quería una amiga, un alter ego con el que poder explayarse, pero encontró a un Ignatius J. Reilly en femenino. Se trata, en el fondo, de una historia de realidades paralelas. Y yo pienso que todas son válidas.
-       ¿Cómo se te ocurrió?
-       No lo sé.
-       ¿Tienes un ejemplar aquí? ¿Puedo verlo?
-       ¿Para qué?
-       Que sea nómada y desgreñada no significa que sea lerda o analfabeta. Guardo ases en la manga.
-       Tome. –le digo.
-       Aquí hay unas notas. –observa.
-       Sí, las he preparado por si me quedo en blanco.

Llegamos por fin al punto de encuentro.  Bullicio en la zona. Veo a Benito en la puerta consultando el reloj y mirando a todos lados. Toco el claxon y al verme suspira.

-        Al fin has llegado. Dile a tu amiga que aparque. No tenemos más tiempo.

No estoy segura si debo ceder el volante a mi amiga, pero no me queda alternativa. Le ruego que no se mueva de la esquina. Que aparque sólo si se va uno del chaflán y, en ese caso, que venga y me entregue las llaves. Me dice que las llaves nunca le han hecho falta. Es fácil hacer el puente. Siempre cambia de sitio los coches que asalta. Le agobia estar mucho tiempo en el mismo lugar. Es nómada. Y vive de incógnito. Muy a mi pesar, abandono el vehículo y se lo confío. Benito me toma del brazo y entramos en el local.
Me lleva hasta el fondo, donde está la tarima, la mesa y los micros. La gente celebra mi llegada. Caras conocidas y desconocidas. Saludo a unos y a otros, como un zombi camino aturdida, pero sonrío por no llorar de angustia. Ha llegado el momento. Benito me indica la silla en la que debo sentarme. Él se sienta a mi lado y queda una silla vacía.

-       La silla vacía es la de Vila-Matas. –me dice. –No ha venido el muy cabrón. Me dijo que le había gustado Golinda y que vendría, que me haría el favor.
-       ¿Vila-Matas?
-       Mi as en la manga ha resultado farol. Pero no te preocupes, ya estás aquí. Todo va a salir bien. Tú suelta la lengua.

Mi mente está en blanco. Mi lengua está seca. Silencio y miradas. Expectación. Benito prueba los micros y me presenta al venerable, exponiendo mi currículo literario, muy bien maquillado, por cierto (no Benito, sino el currículo, no el culo, sino el curri). Yo bebo agua. Parpadeo y sigo sonriendo. Silencio y miradas. Busco en mi bolso el ejemplar con mis notas y de inmediato lo visualizo en el interior del coche, que en estos momentos debe estar ya en Andorra. Me toca hablar. Me acechan toda clase de tics y entre parpadeo y mueca, mi lengua acartonada logra articular palabra y agradezco la asistencia, excuso la demora y tartamudeando suelto esta insulsa y genérica frase:

-        Golinda es una historia de lucha.

Silencio.
La gente espera que siga y yo no sé qué decir. Mi mente está en negro. Mis oídos no oyen, mis ojos no ven, pero mi olfato, siempre alerta, reconoce un aroma. Aparece la intrusa fumando su pipa y con mi libro en la mano. Me dice que ha dejado el coche en la esquina y me entrega las llaves, aunque no las ha usado. Entonces se sienta, fijando sin reparo su culo gordo sobre las rodillas invisibles de un Vila-Matas fantasma. Guiñándome un ojo y saludando a Benito, acerca el micro a sus labios grotescos y sin pudor ninguno, inicia un discurso brillante, una verborrea implacable que me deja perpleja. Con habilidad indiscutible, describe un mundo fantástico, una historia asombrosa en la que una heroína chapucera y siniestra, llamada Golinda, persuade a una dama para que se dedique a escribir y no a morir.
Cierro los ojos y escucho. Y mi mente ahora está en verde, en azul y amarillo. Está al rojo vivo. Pero no es mío el mérito. Yo no me atrevo. Sólo se atreve mi pluma.
El público espléndido aclama a la oradora y alguien pregunta:

-        ¿Quién eres tú?

La intrusa se levanta y se va. Estupor en la sala. Todos aplauden. Todos palmean mi espalda. Todos ensalzan el show. Y Benito el primero:

-       Soberbio espectáculo. ¡Cómo te has guardado este as! No sabía que Golinda existiera.



*

viernes, 4 de marzo de 2011

EL BOLÍGRAFO
El bolígrafo se enganchó a mi mano y me obligó a escribir. Yo no quería. Lo juro. Mis dedos esclavos obedecían a un movimiento déspota con intenciones diabólicas. No pude despegarlo. El bolígrafo me impuso la misión de escribir en la pared las cosas que nunca te dije. Una verdad implacable emanó de la punta afilada y metálica, como fresca tinta de color azul, ultrajando el verde pistacho con que habíamos pintado el salón meses atrás. Involuntaria confesión, sintetizada en dos palabras: EL LARGO. Mi mano espasmódica seguía garabateando caligrafía grotesca en contra de mi voluntad, arrasando ahora el sofá que un día tú y yo encontramos en la calle e hicimos nuestro. Sin piedad, mi brazo enarboló el arma que, ante la temeridad cometida, aniquilaba cualquier atisbo de reconciliación. Cualquiera que me viera pensaría que estaba loca. Incluso tú, si regresabas… Pero la locura no estaba en mí, radicaba en el bolígrafo que habías embrujado.
Pensé en la noche anterior. Preparaste macarrones y nos sentamos como cualquier otro día a cenar. Quise hablar.

-        ¿De qué? – replicaste.

No sabías nunca cuál era el fondo del asunto. O te hacías el tonto. ¿No te dabas cuenta de que me estabas perdiendo? ¿Cómo no mover ficha, dejando pasar los días? A mí me resulta imposible. Me desquiciabas rápido y yo también rápido te mandaba a la mierda. Las cosas hay que decirlas. Para poder actuar. Tu boca siempre cerrada. Tu respuesta siempre la misma: coger la puerta y adiós. Cansada ya de la apatía, que se contagia, de tu gesto resignado y abatido, tu silencio, tu mirada esquiva y tu actitud lineal, empezaba a plantearme en serio el dejarlo.
Pero anoche reaccionaste distinto. Me alegré. Alzaste la cabeza, me miraste y me dijiste que esta vez no me dejarías hablar. Que estabas harto de escucharme, de sentirte estúpido e incomprendido, que te asqueaban mis baratas elucubraciones y que no eras capaz de hablar conmigo porque te enfermaba mi hipocondríaca susceptibilidad. Mis ojos inquisidores y mis retorcidas teorías, dijiste, producían en ti el efecto contrario al deseado. Te cerrabas en banda, inevitablemente, porque te sentías atacado. Con la decisión y contundencia de la que yo no era testigo hacía años, me pediste que callara, que por favor no hablase. Abriste el cajón de la cómoda y me tendiste papel y bolígrafo (el mismo que ahora me posee), instándome a anotar los puntos esenciales, si de verdad estaba dispuesta a arreglar lo nuestro.
No hubiera esperado eso de ti. Te admiré de repente, como aquel primer día en que me hablaste del mundo. Brotó en ti de forma súbita la faceta de la que yo me había enamorado. Y me arrepentí de haberte odiado y de haber estado con John. Fue una de aquellas noches… una de tantas que huiste. Un intento estéril de diálogo. Yo quería otra vez, poner las cartas sobre la mesa y tú, otra vez, te sentiste agobiado y no preparado para sermones. Qué triste. Qué decepción darte cuenta de que ninguno de los dos en realidad tiene la culpa, de que no hay nada que hacer porque se trata de incompatibilidad y contra eso, no hay remedio. A ti parecía darte igual. Te ibas y esperabas que mañana fuera otro día. A mí, la bola cada vez se me hacía más grande, acumulando rabia y esperando con ansia el siguiente encuentro. Pero aquella noche no esperé en casa a que volvieras. Marché tras de ti y me dirigí a la taberna. No estabas. Te habrías ido a algún otro local donde las copas las sirviera una guapa camarera y no un negro chistoso. John me animó con su cháchara y unos cuantos cubatas. Después le acompañé a su apartamento. Yo no quería, lo juro. Me despojó de ropa y pudor y se clavó en mí hasta la médula. Comprendí entonces por qué le llamaban El Largo. Regresé a casa resentida y sin haber experimentado sabor alguno de venganza. Pensé en decírtelo, pero ¿para qué? Tenía miedo y te quería a ti, a pesar de todo, todavía. Sabía que no estaba siendo justa y, sin embargo, te machacaba magnificando tus defectos, culpándote de todos nuestros males, como si mi subconsciente quisiera así contrarrestar mi error. Pero ¿cómo confesar? No tengo huevos. ¿Cómo apuntar eso en el papel? ¿Qué puedo hacer, sino callar?
Anoté otras cosas.

-        ¿Ya está?
-        Sí.
-        ¿Eso es todo?
-        Sí.
-        ¿Me tomas el pelo?
-        ¿Por qué?
-        ¿No se te olvida nada?
-        No.
-        ¿Crees que me chupo el dedo?

Me tiras el papel a la cara y lanzas también el bolígrafo que se desliza por debajo del sofá. Coges la puerta y adiós. ¿Sospechas? ¿Por qué reaccionas así? No te entiendo. O lo sabes o el que está loco eres tú. Yo no he vuelto a la taberna. Tú quizá sí y hayas visto a John, el Largo. Y si lo sabes ¿por qué no lo has dicho? Nunca abres la boca, aunque te estés muriendo por dentro. Deambulo por el pasillo a la espera de que vuelvas pronto, ilusa de mí, imaginando una escena que no se va a representar. En la que entras, me insultas, me chillas y me dices que te he jodido la vida porque tú me querías. Pero no lo harás. No volverás para hablarme. Si vienes, no dirás nada, te conozco, te meterás en la habitación y esperarás que pase el tiempo, relamiendo tus heridas. Cansada de especular, me voy a la cama. Las sábanas me hablan de ti y lloro porque te echo de menos.
A mediodía he despertado aturdida. Me levanto e inspecciono la casa. No estás. No has venido, los macarrones que no te comiste siguen en la nevera. Voy al salón y veo el bolígrafo sobre la mesa. ¿Lo has puesto tú ahí?
Me acerco a la mesa y el bolígrafo se engancha a mi mano y me obliga a escribir. Lo que no supe hacer la noche anterior, surge ahora de manera forzosa. Lágrimas y tinta se mezclan para decorar la estancia. Mi mano ejecuta las órdenes que anoche nos diste y repite el mismo mensaje: EL LARGO. ¿No querías saberlo?
Cuando oí las llaves y supe que entrabas, el bolígrafo se despegó al fin. Cayó y retumbó la casa, como si pesara cien kilos, quebrando el mosaico modernista del suelo, otra desgracia. ¿Y ahora qué? Ahora te tocaría leer. Leer y contemplar la masacre. Ser testigo del desastre. Y la verdad. ¿Qué cara poner? ¿Cómo explicar mi esquizofrenia transitoria?
Me miraste. No traías la cara de perro rabioso con la que te habías largado. Traías ojos de cordero. Pero ¿no estabas viendo? ¿No había sangre en tus venas?
Cogiste el bolígrafo del suelo, lo guardaste en el bolsillo y dijiste:

-         Lo siento. No quería que esto acabara así. Te di la oportunidad anoche. Te hubiera perdonado, te lo juro, pero no fuiste capaz de confesar. Esperaba la verdad de ti. Tanto predicarla ¿para qué? ¿Para quién? Para los demás, claro… Me has decepcionado y lo siento… Esta mañana he venido a recoger mis cosas, pero estabas durmiendo y no he querido despertarte. He pensado en lo sucedido y creo que no era tan difícil lo que te pedía. He buscado el bolígrafo bajo el sofá, junto a las pelusas que tanto nos cuesta barrer, y de repente, he estallado en cólera. Mis vísceras se han revuelto recordando tu cinismo y no he podido evitarlo. Lo siento. Yo no quería. Lo juro. Lo sabía desde hace días… John, el Largo no sabe guardar un secreto. Lo que tú no supiste hacer anoche, revelar de una puta vez la verdad, lo he tenido que hacer yo esta mañana. He destrozado la casa, lo sé. No te preocupes, pagaré los arreglos. Pero yo me marcho. Te dejo. En otra parte me espera la vida.

Coges la puerta y adiós.

*







lunes, 28 de febrero de 2011

LA PASTILLA
Llego a casa y no estás. Sobre la mesa un plato de lentejas a medio comer. La cuchara sumergida en las legumbres frías y apelmazadas. Un vaso de agua con la huella de tus labios. Labios que a mí hoy no me han besado. La pastilla casi no la veo, pero ahí está, camuflada entre los cuadrados del mantel. Te has ido a destiempo. Algo ha reclamado tu presencia y has tenido que salir ¡sin tomarte la pastilla!
Los platos por fregar, la cama sin hacer y la radio encendida, evocando una música que ahora me parece trágica, presagios de un incierto desenlace.
Te llamo por teléfono, pero tu móvil está desconectado. Hastiada me tiene ya esa voz grabada de la operadora que me insta a dejar un mensaje. Y obedezco, implorando compasión. Llámame, por favor, no me hagas esto.
Deambulo por el piso, tratando de encontrar una pista, esperando una respuesta. Sin noticias van pasando minutos eternos que agotan mi paciencia. Como un fantasma te has esfumado, sin procurar siquiera una caricia mía, una mirada, una despedida. Estás corriendo un riesgo innecesario. Tu cerebro necesita la sustancia. Aletargándote, aturdiendo las pocas neuronas que deben quedarte (admitámoslo); pero salvándote, a cambio, de paranoias y desvaríos. Parece mentira que no hayas aprendido la lección. Sabes que el ritual es sagrado. Yo misma te dejé la pastilla preparada y a la vista esta mañana. Lo hago todos los días. ¿Por qué la has obviado? Es fácil tragarla.
 ¿Te has vuelto loco o acaso te han secuestrado? Alguna de esas memas que trabajan contigo y ambicionan tu compañía y también tu polla.
No soy conformista. No me educaron para resignarme ante la adversidad. Tengo que encontrarte. Salgo a la calle en tu busca.
No estás en el bareto de la esquina. Pregunto a Manolo, muy atareado sirviendo cafés, y me informa que no estuviste esta mañana tomando el carajo. No te vio en todo el día. Aprovecho para pedir un cortado y encender un pitillo, con la intención de relajarme y pensar durante siete minutos, lo que tardo en consumir el cigarro, pero Manolo me recuerda que no se puede fumar y me jode el momento. No entiendo nada.
En el videoclub no has estado. No has devuelto El Quimérico Inquilino de Polanski y hoy era el último día. Nos pondrán una multa. Tres euros menos en nuestro bolsillo. Seguro que le has dejado la película a alguna del curro. Voy para allá. No tiene nombre lo que me estás haciendo. No tienes perdón. Con lo que yo te quiero.
El tipo del kiosco tampoco te ha visto. Y eso que ha estado pendiente porque te guarda el último Seat 600 de la colección. Dice que si no lo recoges esta tarde, lo venderá a otra persona. Se lo compro yo misma para que veas que pienso en tus cosas.
Me presento en tu oficina y se extrañan al verme. Una de las secretarias, la que tiene dos globos por tetas, me informa que hoy te dieron día libre y que no te han visto el pelo. La humanidad se ha confabulado en mi contra. Nadie te ve, están todos ciegos o te has vuelto espectro.
Antes de irme pregunto en voz alta si por casualidad alguien ha visto El Quimérico Inquilino. La de los globos responde que sí, que la vio el otro día y le resultó espeluznante. Tú sí que eres espeluznante, le digo, y le lanzo el 600 para pincharle una teta, pero le doy en la boca con la mala fortuna de partirle los dientes.
Regreso a casa taquicárdica, sin fuerza para vencer el complot, agotada de tanta conjura.
Te encuentro sentado en el sofá, las manos en la cabeza. Has recuperado la masa, ya eres visible.
Me dices que acabas de llegar, que saliste temprano, que has estado en la montaña visitando a tus tíos, que si no me acordaba. Respondo que no. Entre tus dedos índice y pulgar, la pastilla blanca y redonda da vueltas.

-        ¿Por qué no te la has tomado? – me preguntas furioso.

*

miércoles, 16 de febrero de 2011

Como todos los sábados, Golinda, vas a la librería de Blas. Llegas sofocada y de mal humor.
-         Hola Blas.
-         Llegas tarde hoy.
-         Hay un tráfico del carajo.
-         ¿No has venido en metro?
-         No, cada vez me gusta menos. No soporto los vapores de mis congéneres. Si es que a esos individuos se les puede considerar de mi especie…
-         La rarita eres tú. Esos individuos serán gente normal que va a trabajar, digo yo…
-         Cómo se nota que no coges el metro.
-         ¿Has cogido el 600?
-         Qué remedio. Hoy me encuentro indispuesta. No me apetecía ser sardina enlatada en los subterráneos de esta ciudad. Pero no sé qué ha sido peor. No tolero los atascos y cruzar la urbe en mi estado ha sido una heroicidad. Casi muero de ansiedad y dolor.
-         ¿Otra vez la regla?
-         Sí, cada mes la regla. Ya podía ser cada año. La barriga me estalla y no paro de sudar, me chorrean la frente y las manos, además de lo de abajo.
-         Ahórrate detalles.
-         No sé si podré hacer gran cosa hoy, no quiero empapar los libros, los deformaría. Esto es indecente. Ya desde los nueve años sufriendo estas atrocidades.
-         Sí, ya me acuerdo. Fuiste la primera niña de nuestro curso. Qué precocidad.
-         He sido precoz en casi todo.
-         Lástima que ahora te estés quedando atrás.
-         ¿A qué te refieres?
-         Ya me entiendes… También lo digo por mí. A nuestra edad la gente ya se ha independizado y  tiene su propia familia o, al menos, está en ello… A nosotros nos queda un largo camino todavía…
-         Bueno, tal vez no. Un día de estos tengo que confesarte algo.
-         ¿Qué?
-         Ya te lo contaré. Ahora me encuentro mal.
-         ¿Te has tomado la pastilla para el dolor?
-         Sí, pero ya no me hace efecto. No sé qué va a ser de mí. Tenía que haberme quedado en casa. Pero, ya que he hecho el esfuerzo, imploro paciencia. Buscar aparcamiento ha sido la segunda odisea del día. Casi me mato con una mentecata que quería quitarme el sitio.
-         Bueno, tranquila, ve a tomar un café y relájate.
-         ¿Café? ¿Quieres que estallen mis nervios?
-         Pues tila.
-         No, no. Me sentaré un rato aquí.
-         Cuando hayas descansado arregla aquella estantería.
-         A sus órdenes, mi capitán.
-         Deja la sorna. Yo tampoco estoy católico.
-         ¿Qué te pasa? ¿Te duelen los huesos? ¿Crees que va a llover?
-         No es eso. Es igual, déjalo. Pienso demasiado y no es bueno. Me encuentro solo, simplemente. Estoy en una etapa de gran dilema existencial. Y no me gusta. En fin, dejémoslo. No tengo ganas de hablar. Tengo que cuadrar números y la contabilidad, ya lo sabes, no es lo mío.
-         Recuerda que a última hora tengo clase de inglés, aunque no sé si mi cuerpo aguantará.
-         Ya podrías ir a inglés entre semana y no precisamente el sábado.
-         También voy entre semana. Pero ¿qué culpa tengo yo que la clase de conversación la hagan los sábados? Si supieras lo vital que es para mí aprender cuanto antes este idioma…
-         No lo entiendo, no sé qué empeño te ha cogido, pero tú sabrás…
-         Es posible también que me apunte a un curso de cocina.
-         Tú y los cursillos…
Blas se mete en la trastienda taciturno. Golinda, tú crees que está pensando en ti. Crees que has dado en el blanco. Que le has dejado con la intriga, que sus neuronas trabajan para averiguar qué estás planeando, qué tienes que confesarle… Crees que está triste porque percibe que ha habido un punto de inflexión en tu vida y no has sido capaz de contarle qué sucede, tú, su amiga tan especial… Está celoso. Pero te equivocas. Él está abstraído en sus cosas, se encuentra en una fase crucial en su vida, ¿no lo ves? No quieres verlo, sólo te preocupas de ti misma. Le quieres mucho, sí, tu amigo del alma, pero no te interesa que piense demasiado, a ti ya te están bien las cosas tal y como están. No piensa en ti, no lo pretendas, déjale espacio. Al pobre le pesa su soledad, tú no lo entiendes, y para colmo, en la trastienda le espera una mesa repleta de facturas, albaranes y demás papeles.
Archivadores que no archivan, carpetas que no encarpetan, cajones que no contribuyen al orden, pues lo que contienen nadie lo sabe,… Como herramientas de trabajo: una calculadora, bloc de notas, lápices y bolígrafos que seguramente no escriben y una caja de hojalata para la recaudación diaria. Un caos entre tanta literatura. Los números no son de nadie, nadie los quiere, pero allí están, no hay más remedio si se quiere llevar el negocio. Sólo hacienda y la paciencia se reúnen cada mes en un punto del cerebro de Blas para sacar algo en claro.
Tú te desentiendes. Te gustaría ayudar, pero ¿qué puedes hacer? Tu talento no está para perder el tiempo en números. Eso no te pertenece. Pobre de ti, bastante tienes con lo tuyo ¿verdad? Mírate, ahí sentada, agonizando porque tienes la regla, despatarrada en la silla… ¡Qué imagen! Si ahora entrara un cliente… Intentas que se te pase el dolor usando técnicas de relajación: inspirar, expirar, inspirar, expirar… Tu pensamiento vuela hacia Nueva Orleans. Tienes que contárselo ya. Se acerca tu cumpleaños, iréis a cenar por ahí como todos los años y se lo dirás. ¿Te tomará por loca? ¿Cruzar el charco para encontrarte con tu amado? Ni siquiera sabe que tienes amado… Los amigos son los amigos. Sólo tienes uno, pero puedes dar gracias.

Fragmento de GOLINDA (Escribir o morir), Ediciones Atlantis